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El superhombre: ¿figura de la utopía o de la realidad?

28-1-2011 a las 12:37:34

Para ver el mundo en un grano de arena, Y el Cielo en una flor silvestre, Abarca el infinito en la palma de tu mano Y la eternidad en una hora. Aquel que se liga a una alegría Hace esfumar el fluir de la vida; Aquél que besa la joya cuando ésta cruza su camino Vive en el amanecer de la eternidad W.Blake Este poema, del considerado como uno de los más importantes prerrománticos de la literatura, expresa a la perfección la idea que Nietzsche tenía de espíritu libre, del superhombre: éste se vierte en la experimentación, pero no al modo como la entienden la ciencia y el arte modernos, no es una experimentación que busque un fin fuera de sí misma o que trate de alcanzar los eternos ideales. El amor a la experimentación es la búsqueda del riesgo, de la imprevisión, es un entregarse gozoso al libre acontecer del azar. Es, como dice Blake, besar la joya cuando ésta cruza nuestro camino, sin aferrarse a algo como si fuera perenne, concentrar el tiempo en un instante, un vivir en el devenir saboreando y padeciendo vivencias, engrandeciendo así una vida carente de reglas morales que la sujeten. En la segunda parte de Más allá del bien y del mal, titulada precisamente el espíritu libre, Nietzsche habla de este espíritu libre como un hombre fiel a sí mismo, un hombre que ama su verdad sin caer nunca en el dogmatismo ni en el proselitismo, porque “su orgullo y su gusto rechazan la posibilidad de que su verdad haya de seguir siendo una verdad para todos” El espíritu libre. Se distingue esencialmente “librepensador de las ideas modernas” de hoy en día que defiende la igualdad de todos los hombres, sirviendo a la democracia y al deseo gregario, y que, movido por su compasión hacia los que sufren, considera que el dolor es algo que ha de ser suprimido. Frente a esto, como dice en el aforismo 44, el espíritu libre piensa que “la dureza, la violencia, la esclavitud, el peligro en la calle y en los corazones […] todo lo que el hombre tiene de malo, de terrible y de tiránico, de animal de presa y de serpiente, contribuye a elevar el nivel de la especie humana, al igual que su contrario.” Éstas son, pues, cualidades humanas que, según Nietzsche, no han de ser despreciadas, puesto que son tan humanas como sus contrarias, y por ello también han de tener cabida en el mundo. Reprimirlas o considerarlas negativas es considerar negativa una parte de la naturaleza humana, o negar un conjunto de posibilidades que caben en la libertad humana, tengan su origen en lo cultural o en lo innato, y vivir en un mundo sin esa parte no es vivir en un mundo plenamente humano, sino en uno parcial y carente de todo el sentido que del hombre cabe esperar. ¿Hay, pues, lugar para el superhombre en el mundo en el que vivimos? ¿O es tan sólo un ideal inalcanzable hacia el que, como mucho, cabe tender? Cabe ahora decir que con Nietzsche concluye el devenir de la tradición filosófica, pues fue él quien, de manera radical, convirtió los universales en cuestiones puramente individuales. Si bien Descartes partió del cogito en su metafísica haciendo del sujeto el origen de todo filosofar, Nietzsche exaltó ese sujeto más allá de ser un mero sujeto pensante. La plenitud del sujeto no es la de razonar, sino la de tomar conciencia de su poder y desplegarlo después. La razón sólo es un instrumento humano más, útil o inútil para tal despliegue. El sujeto queda radicalizado como individuo en la libertad, y toda filosofía especulativa carece, para Nietzsche, de sentido. Dijo Camús que la única filosofía importante es aquélla que trata de dar respuesta a la pregunta por el sentido de la vida, y pocas son las líneas de pensamiento contemporáneas que hayan ido en esta dirección y que, además, hayan dicho algo nuevo después de Nietzsche. Por considerar la que goza de mayor prestigio tenemos el existencialismo, movimiento que en su mayoría podría considerarse, en términos nietzscheanos, como nihilismo pasivo, exceptuando conceptos como el pastor del ser heideggeriano, fórmula análoga a la del superhombre, como también lo es el hombre rebelde de Camús etc… Son, pues, otras formas de decir cosas parecidas, soluciones al que se considera “problema” de la condición humana. Su semejanza se basa en la común esencia a la que dan forma: el individuo. Todas ellas se centran en la autenticidad individual, en la necesidad de negar para después afirmar, en la responsabilidad… nociones que dan toda importancia a la libertad posible desde la irreductible condición humana. Por lo general, los existencialistas tienen una visión pesimista de esa condición. Barajan términos como angustia, absurdo, nausea, sufrimiento, culpa… y aunque en algunos de los autores termina por haber una superación de lo que consideran la tragedia de vivir, el punto de partida reside en esa misma tragedia. Nietzsche, en cambio, no parte de la tragedia de vivir. También él considera los temas que más tarde resultarían centrales para los existencialistas, tan sólo ve lo negativo en lo puramente cultural a partir de lo que él llama nacimiento de la tragedia, pero en ningún caso en la condición humana.Nietzsche, en efecto, es un romántico, un amante de la libertad individual y del poder de dominar el destino, de amarlo como a la tierra que el hombre pisa, un canto a la vida, una alabanza al héroe y al espíritu griego, un sí a la propia moral, un danzar, un reír, un afirmar el eterno devenir. Todo ello de suma importancia en su filosofía, contrapuesto a los principios de la cultura occidental, tratado de manera aforístico-poética a lo largo de su obra, desarrollado en torno a los conceptos clave, ya tópicos, de su pensamiento: voluntad de poder, eterno retorno, transvaloración y el concepto en el que desembocan todos los anteriores para quedar aunados en uno sólo: el de superhombre. Uno de los capítulos del Zarathustra que resume de manera más clara la evolución que ha de seguir el espíritu hasta convertirse en el de un superhombre lo tenemos en el capítulo de las tres transformaciones. Aquí tenemos tres símbolos claros de tres estados espirituales distintos: el camello, el león y el niño. El camello representa el espíritu resignado y dispuesto a cargar con todo aquello que le conduce a su propio desierto. Es el espíritu sufrido que tiende la mano a los miedos y sobre ellos construye su edificio. Pero en ese solitario desierto se opera la segunda transformación del espíritu: el camello se transforma en león, ávido de libertad y de convertirse en el señor de su propio desierto. Con el león llega la rebelión contra el “tú debes”, tan propiamente kantiano. Frente al “tú debes” el espíritu del león dice “yo quiero”. El león, pues, hace falta para crearse libertad y oponer un sagrado no al deber. Pero crear valores nuevos en esa ganada libertad no es cosa que esté al alcance del león. Para el juego del crear, dice Nietzsche, se necesita un santo decir “sí”; y este creador viene representado por el espíritu del niño, libre de toda norma, el niño como puro presente, amo de la inmediatez y del constante crear valores, que se afana por conquistar su mundo luchando por su voluntad propia. En ese niño tenemos al superhombre. “Sal de casa, oh niño humano, a las aguas y a la tierra, con las hadas de la mano, pues en el mundo hay más llanto del que tú puedas comprender”. Yeats. El niño humano es aquel que puede salir al mundo y enfrentarse a la miseria y a la sordidez que en él abunda. El niño humano es el hombre que se ha quitado de encima las capas de la podredumbre cultural hasta reencontrarse consigo mismo, con lo más puro que hay en él. Y las hadas son esos valores y sueños del mundo propio, que por propios, son verdaderos siempre. Ahí tenemos también al superhombre, no como algo que deba llegar algún día o que deba dar paso a una nueva era, sino como un individuo que tiene cabida hoy en día y en cualquier época, como una realidad posible que siempre tendrá que caminar a través de cualquiera de las formas gregarias, necesitadas o dependientes a que dé lugar la debilidad humana. Como dice Nietzsche en el Anticristo, felicidad es el sentimiento de que se vence una resistencia, y como dice en El ocaso de los ídolos, “Eso que no nos mata nos hace más fuertes”, así que lo que de mezquino hay en el mundo, una vez negado y superado, no es sino uno de los medios de los que pueden valerse esos pocos que, en silencio, se retiran para crear mundos absolutos.

Publicado por Antonio Gómez Coscojuela

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