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La mujer de mi vida

18-1-2010 a las 17:19:20

- Mírala ahí, el cuadro perfecto de la patética soledad.
- Es hermosa, nostálgicamente hermosa -
contesté mientras apoyaba mi mano en el vidrio de la puerta.
- Hermosa? -dijo en tono sarcástico- Digna de lástima diría yo.
- No sabes lo que dices.

Efectivamente, él no sabía lo que salía a manera de vómito alcohólico por su retorcida boca, si podía referirse a ti como un cuadro patético. Es cierto que hoy ya no tienes la belleza de los siglos pasados, esa tersa piel que se perdió entre mis ansias una tarde, entre jadeos, caricias torpes y risas nerviosas (cuando tropecé con mis pantalones a las rodillas, cuando tu no podías soltar tu sostén)… No, hoy te ves algo así como una rosa abandonada, marchita, triste.

- Tiene mirada de loca –dijo él con desprecio.

Preferí no contestarle, escupirle hubiese sido más placentero. Opté por el silencio. Quien creería que esa mirada, hoy absorta en el vacío, me miraba un día, entre las trivialidades cotidianas, con tanta lascivia que terminamos revolcándonos junto al árbol de navidad… “Mira que vienen mis padres” “Yo sé, yo sé”… entre forcejeos, me mirabas con la ternura en las pupilas y yo paraba… y tu te vestías. Eras insaciable, bueno, éramos. Y no me refiero a tu cuerpo, mis ganas, las eyaculaciones telefónicas, ni tus dedos penetrándote. Hablo de esa sed insaciable por SER.

- Ella es muy inteligente. Siempre fue maravillosa.

No pude articular nada más. Una carcajada idiota aflojada por mi interlocutor hizo que me sonrojara. Es que el nunca te conoció. Nunca te vio revoloteando entre versos y flores, discutiendo acaloradamente por tus principios, ni abrazando mi soledad como una madre.

- Bueno, inteligente, no sé, pero de que era una perra exquisita, si…

Qué patético! El, no tu… aunque tu inmovilidad es una afrenta a mis recuerdos. Un hombre con inteligencia nauseabundamente promedio, sin atractivo físico y con una adicción enfermiza a golpear mujeres mientras las follaba. Realmente patético. Sé muy bien que siempre te deseó. Recuerdo cuando lo descubrí mirándote mientras me besabas, y como buscaba siempre una manera de rozarte. Odiabas eso.

- Voy a entrar -dije, y le pedí al guardia que me abriera la puerta.

Te ves tan hermosa vestida de blanco, con esa pequeña abertura a lo largo de tu espalda que deja entrever tu huesuda anatomía (tu espalda me recuerda tantas charlas que tuvimos sobre Giger)… y pareces, mi amor, un ángel sin alas, herido.

Sentada, ni me miras entrar… ¿Qué lejanos parajes vistas hoy, ya sin tomar mi mano? Tu cabello parece enredarse en mis culpas… ¡Mira tú! Aún tienes la costumbre de morderte el meñique. Con temor me atrevo a franquear los centímetros que me separan de ti y tu cierras los ojos. Aspiras mi presencia como si quisieras saborear mi alma.

- … Mago…- dices lentamente, en un susurro, y sin embargo es una espada que clavas con violencia en mi. No puedo dejar de pensar en tu mano aferrando mi garganta, en tus uñas clavadas en mi espalda… tu lujuriosa violencia. Hoy eres más un lago tranquilo, solitario…

- Por favor, perdóname… - dije. A la frase sigue el silencio, y al silencio sigue una lágrima que se resbala de tus ojos. Me miras. Me miras como el día en que partí. (Recuerdo que te sentaste emocionada a escuchar mis palabras, con esa misma inocencia de niña con la que me recibías a diario). No habías notado mis constantes ausencias, mis silencios culposos… mi distancia. ¡Maldito día en que creí que ya no te amaba! Mis palabras frías: “Quiero vivir nuevas experiencias” “Me siento atado” “El problema no eres tu, soy yo…” Aquel día apagaste el brillo de tus ojos y, sacándote del pecho la vida, me dejaste ir. Me sonreíste esa tarde, mientras sacaba mi maleta. Pensabas que estaba bromeando… yo te besé despacio por última vez y te di la espalda.

Quise tomar tu mano…alejando el meñique de tus labios. ¡Qué irónico!

Y sucedió: Me miraste asustada, como volviendo de aquel bosque imaginario donde estabas con tu mago (conmigo), y te alejaste de mi como de un extraño. El terror se dibujó en tus ojos…Tus gritos desgarraban mi alma.

Mientras retrocedía forzado por el guardia, no podía creer lo que estaba viendo: Amordazada, inmovilizada por los enfermeros. La puerta se cerró en mis narices y entonces entendí... Lo entendí todo. Supe que la vida no se detiene y menos en el amor.

No podía ya hacer nada por ti… ni por mi. Había matado a la mujer de mi vida.
 

Publicado por Dama Silente

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